Janalyn volvió a su pueblo. Corrió aterrorizada el camino que quedaba hasta él. Afortunadamente para ella, en su tranquilo pueblo no se cerraban las puertas del mismo. La gente era confiada y hacía mucho que no sucedía nada irrelevante, ni ahí ni en las cercanías.
Nadie la vio salir. Mucho menos nadie la vio regresar asustada y jadeante. Nadie supo hasta mucho después lo que ocurrió con Rajmund, cuando los campesinos del pueblo caminaron a cosechar cerezas y se encontraron con su cuerpo acuchillado y su sangre derramada sobre el camino terregoso.
Al cabo de algunas horas, un grupo de pueblerinos ya estaba rodeado el cuerpo. No tardaron mucho en cargarlo y llevárselo a Jannalyn. Tocaron con dolor la puerta de su hogar; y es que a la vista de todos, Rajmund era un buen hombre. Nadie sabía de sus amoríos con otra persona y lo consideraban un amigo tan honesto como fiel con su esposa. Nadie se imaginaba quién querría matarlo ni porqué y al final se llegó a la conclusión de que había sido asaltado y que los caminos de cerca ya no eran seguros.
Pero nadie contestó el llamado.
Varios hombres entraron a la fuerza a aquélla casa. Grande fue sorpresa al encontrarse con el cadáver de Jannalyn también. La sangre seca de su marido aún se percibía en sus ropas y en su rostro. Nadie sabía que aquélla sangre fuera de él, pero no pocos lo supusieron prontamente. Jannalyn parecía haber muerto llorando, a juzgar por la posición de su cuerpo.
Nadie supo entonces lo que pasó realmente. Nadie tenía idea de qué habría orillado a aquélla mujer tan bella a cometer tal atrocidad ni porqué ella había muerto. Un aire de confusión y miedo se sembró en aquél pueblo pacífico.
Ambos cuerpos tuvieron funerales apropiados. Tenían bastantes amigos y muchos sintieron sus muertes. Abundantes lágrimas llovieron sobre los prados del cementerio local y fue hasta que entró la noche que todos regresaron a sus casas, preguntándose aún qué habría pasado y lamentándose de semejante tragedia.
Se dice que aquélla noche no fueron muchos los que pudieron dormir. Y a la mañana siguiente, cuando algunos familiares fueron a visitar nuevamente la tumba de la pareja, descubrieron con espanto que la tierra estaba removida.
La alarma nuevamente invadió al pueblo. Algunos amigos de Rajmund cavaron nuevamente y se encontraron con la sorpresa de que solo estaba el cuerpo de él.
Jannalyn había desparecido.
Un año y un día
Un cuento victoriano.
lunes, marzo 27, 2006
domingo, marzo 26, 2006
Es difícil describir la sonrisa de la muerte. Pero verla sonreír de aquélla forma provoca una sensación de terror tan profunda que se vuelve incomprensible hasta que se experimenta. Janalyn sintió un frío que se apoderaba lenta y espantosamente de su cuerpo; Mientras la dama del manto se acercaba ella sentía aquél frío que dicen algunos que sienten al morir, como si la vida le abandonara lentamente. Pero ya les digo que no fue ni siquiera aquél frío mortal, sino esa sonrisa la que le provocó aquél pánico tan antinatural. Verle sonreír era como ver la dicha de aquél que tortura; solo que al verle a ella, uno siente que no hay suplicio alguno comparable con verle. Que cualquier verdugo es preferible a ella. Que la muerte misma es más deseable; pero lo irónico es que era la muerte precisamente la que se mostraba con aquélla cruel, fría e impasible sonrisa.
Al final, ese terror trajo consigo a un salvador para Janalyn: el desmayo.
Despertó luego de un rato de inconciencia. Había perdido todo sentido del tiempo y por un momento no supo dónde se encontraba. Habrían pasado quizá algunas horas apenas, y el camino estaba tan oscuro y solitario como lo recordaba antes de desmayarse; la escasa luna menguante había avanzado un poco en su camino natural y un ligero olor acre se cernía en su olfato. Su marido aún continuaba ahí, con el puñal clavado sobre su espalda y la sangre ya había teñido de oscuro el camino. Se sobresaltó un poco al redescubrir lo que había hecho, pero no tanto como ella misma esperaba.
Lo que sí sentía era hambre. Justo después de la impresión de encontrarse con su esposo asesinado por ella misma, la siguiente sensación fue un rugido curioso en el estómago y un dolor en él como si no hubiera comido en días.
Intentó recordar cuándo fue la última vez que había comido, pero ya no lo recordaba; así que quizá su estómago tuviera razón en reclamarle de tal forma. Se levantó y se aproximó a los árboles más cercanos. Sabía que había algunos cerezos cerca del camino, pues no pocas veces había recogido aquéllos frutos cuando seguía a su marido. Se aproximó a un árbol y tuvo la extraña sensación de que si el árbol hubiera podido huir, lo hubiera hecho.
“Será mi imaginación” -Pensó.
Y quizá fuera así. Lo cierto es que el árbol no pudo moverse, desde luego. Tomó una cereza y la mordió.
Al principio, el sabor era normal. Pero conforme la iba masticando, el sabor se volvía más seco. Se podría decir que Janalyn sentía como la vida de la cereza se disolvía en su boca. Al cabo de masticar un poco más, sentía que estaba comiendo tierra seca. Escupió lo que quedaba de la cereza y contempló extrañada aquél fruto.
Dio otra mordida y lo mismo comenzó a suceder. Dulce al principio, pero seca y sin sabor al final, la mujer terminó escupiendo la cereza nuevamente.
Buscó entonces otra cereza, pero terminó desistiendo, y después buscó otro árbol. Pero sucedió lo mismo una y otra vez.
La desesperación comenzó a invadirla. Pensaba “¿qué me está pasando?” una y otra vez. Y cuando trató de respirar hondo para calmarse, un nuevo temor la invadió: parecía que había perdido el sentido del olfato. Podía respirar, sí. Pero al pasar el aire, no sentía olor alguno. El olor acre de la sangre de su esposo que percibió al despertar había desaparecido. El polvo del camino no olía a nada. Los árboles ya no desprendían ningún aroma, ni las flores liberaban su perfume. Su propio sudor no parecía existir para su nariz.
Pero algo bueno había sucedido también: el hambre se había mitigado. Acaso la desesperación que sentía le hizo olvidarla de nuevo.
sábado, marzo 25, 2006
De los labios de Janalyn emergió una voz que encerraba tal cantidad de odio que los mismos demonios temblaron. -¡Así amado mío! ¡Así jamás podrás serme infiel! ¡Te has atado a mí en la salud y la enfermedad! ¡En lo próspero y en lo adverso! ¡Y tu juramento no se termina cuando la muerte nos separe! ¡Siete veces has jurado que me amarás en la vida y en la muerte! ¡Y siete eternidades lo has de cumplir! ¡Y por tu infidelidad y tu traición, te condeno a no descansar jamás hasta que la muerte nos una!
Terribles fueron las palabras de Janalyn, y por cada frase que decía, una cuchillada acababa poco a poco con su marido. Y no fue sino hasta que pronunció las palabras malditas que su marido vio a la muerte acercarse a él.
Quizá piensen que aquél hombre deseaba vivir, pero no era así en realidad. Una vez que descubrió cómo la muerte caminaba con paso ceremonioso hacia él, supo que ya no había nada que pudiera hacer para evitarlo.
Sin embargo, quería aferrarse a la vida para pronunciar unas palabras. Sus últimas palabras. Unas palabras engendradas por el odio que le compartió su esposa en aquélla sorpresiva venganza.
-Muerte misericordiosa… Si su maldición me niega mi descanso… te ruego que tú la maldigas en mi nombre.
Janalyn escuchó con temor esas palabras, y clavó una última vez la daga en el corazón de su esposo. El infeliz exhaló el último aliento y la sangre cubrió de escarlata el polvo del camino.
Levantó luego la mirada, y lo que vio le aterrorizó más que ninguna de sus peores pesadillas. Frente a ella, cubierta con un manto de sombras cuyo fin no era posible definir, tornando aún más lúgubre el panorama que la rodeaba, se encontraba ella. Aquélla que conoce a todos. La más justa de las damas del Mundo. Aquélla que viene a recordarnos de vez en cuando que aunque nos desagrade, todos le conoceremos algún día.
Tenía una espantosa mirada negra. No había ojos en aquél rostro frío e imperturbable. Un rostro blanco como el más pálido de los cadáveres se vislumbraba a través de aquellas sombras espesas que parecían simular un tétrico manto. Pero no eran aquéllas sombras las que espantaban tanto, ni aquélla palidez digna de su nombre lo que le hacían lucir tan macabra.
viernes, marzo 24, 2006
En la noche, Rajmund regresó a su casa por aquél sendero que ya conocía de memoria. Había tenido un buen día y a la distancia se podía comprobar la sonrisa en su rostro. Silbaba una vieja canción de su pueblo para no sentir temor de la oscuridad del camino y de pronto escuchó, un poco más adelante, un llanto.
Se detuvo en seco para escuchar mejor, pero lo único que su oído le permitía percibir, además del canturrear de los grillos y algunos otros ruidos nocturnos, era ese llanto sonoro, lastimero y constante.
Decidió avanzar un poco más. La situación era extraña, pero reconoció que quien lloraba era una mujer. Se acercó sigilosamente, pero no lo suficiente como para que ella no notara su presencia. Ella volteó, pero el rincón en que se encontraba y la capucha que tenía encima impedían que el Rajmund pudiera ver su rostro.
-¿Quién es?
Rajmund carraspeó. Se acercó un poco más y notó que la mujer retrocedía, aunque sin levantarse.
-Mi nombre es Rajmund. ¿Puedo preguntar por qué llora?
La mujer se enjugó las lágrimas. Se percibía su sufrimiento en cada movimiento que hacía con la mano. Sollozó un poco más y Rajmund comenzó a sentir una extraña simpatía por el sufrimiento de aquélla mujer.
-Mi… esposo… me engaña.-Respondió al fin ella.
Una fibra de empatía se movió en el corazón del hombre. Y luego otra más, pero esta era de culpa.
-Calma, calma. No llore por un hombre que no la merece -Dijo el muy cínico-. Hay otros mejores que él por allá en el mundo.
La mujer negó con la cabeza. Continúo sollozando un poco y al fin, Rajmund se acercó un poco más a donde ella estaba. -Mire, si le parece, le puedo acompañar a algún lugar más seguro. Aquí está usted muy sola. Ya se ve bastante triste por su caso, y el lugar es aún más triste. Venga conmigo, mi esposa le ofrecerá algo. ¿Le parece bien?
La mujer volvió a negar con la cabeza.
-Mi esposo va a pasar por aquí en la noche, cuando regrese de visitar a su otra mujer. Y yo lo estoy esperando.
Un escalofrío recorrió la espalda de aquél hombre. El sólo hecho de pensar que su propia mujer pudiera hacer lo mismo si se diera cuenta de la verdad. Pero afortunadamente, pensó, ella aún no lo sabía.
-¿Está usted absolutamente segura de que vendrá? A estas horas han cerrado las puertas de la mayoría de los pueblos. Los caminos están solos y usted mejor debería regresar a su casa. Quizá su esposo se fue por otro camino y ya habrá llegado; quizá hasta esté preocupado por usted.
-Él no ha regresado. Y él pasará por aquí.
Bueno -Se dijo a sí mismo Rajmund-, quizá sería interesante ver en qué acaba todo esto.
-Y dígame, ¿qué hará cuando él pase por aquí?
La mujer se ocultó los brazos entre las ropas, y de entre sus mangas extrajo un largo y afilado cuchillo que brilló fríamente bajo los rayos lunares. -Voy a matarlo -Dijo sencillamente ella.
Rajmund retrocedió un par de pasos al descubrir el objeto y las intenciones de la mujer.-¡Pero señora! ¿Va a cometer tal atrocidad por una infidelidad?
-No es una infidelidad solamente, señor -Aclaró ella-. Mi marido llevaba una semana entera jurándome amor eterno. ¡Un día tras otro de mentiras! ¡Un día tras otro de engaños! ¡Una máscara de hipocresía en pago de mi silencio!
Conforme la mujer hablaba y le reprochaba a Rajmund todo lo que sentía, se levantaba y se acercaba más a él; y mientras tanto, aquél infeliz tan sólo palidecía gravemente al escuchar una acusación tras otra. Y fue muy tarde, justo cuando el rostro de la mujer estaba tan cerca del rostro de él que las sombras ya no le cubrían el rostro lo suficiente, cuando él descubrió la terrible verdad:
Aquélla mujer era Janalyn.
jueves, marzo 23, 2006
Si hay que decir la verdad, Janalyn no esperaba que su esposo dijera tal cosa tan pronto. No sabía si él sentía alguna culpa por sus infidelidades o si simplemente no había entendido lo que ella le había dicho, pero aquello le alegró sobremanera. Así que antes de que su esposo cambiara de parecer, le pidió. -¡Oh, amado mío! ¿Me jurarías amarme por la eternidad?
-Ya te he dicho que es una idea estupenda.
-Pero, ¿lo juras?
-Sí, sí, Janalyn, lo juro.
-¡Oh! ¡Pero qué frialdad, Rajmund! ¡Dímelo!
-Pero si ya lo dije, querida.
-Pero no has dicho qué juras.
-Pues lo que me estás pidiendo, mujer: Juro que te amaré por la eternidad.
-¿Y que me amarás aunque la muerte nos separe?
-Sí, Janalyn. Aunque la muerte nos separe.
-¡Oh, Rajumnd! ¡Me haces tan feliz!
Y dicho esto, ella se abrazó de él como si alguien que se aferra a una roca para no caer por un precipicio. Su esposo la rodeó con sus brazos también, sintiendo un poco de culpa porque en ese momento pensó en su amante.
-Rajmund, Rajmund… Solo hace falta una cosa para sellar este juramento.
-¿Ah sí? ¿Qué hace falta?
-Vamos, querido, ¿no lo imaginas?
Pero aquél hombre no tuvo que imaginarse nada. Janalyn lo miró con aquélla cara que ponía cuando ardía en deseos de su cuerpo. No hace falta decir que aquél día, Rajmund no fue al otro pueblo, pues recordó entonces que también tenía un deber para con su esposa.
Pasaron algunos días. Una semana entera sucedió sin que Rajmund fuera a ver a su amante; y es que Janalyn le hizo repetir aquél juramento día tras día y a sellarlo de la misma manera que en el primero. Sin duda fueron buenos días para ambos, y su esposo tuvo menos urgencia de ir a visitar a la otra mujer por aquél entonces.
Al cabo de la semana, sin embargo, Rajmund supuso que “la otra” estaría preocupada por él, y afortunadamente para él, Janalyn decidió dedicarse a sus labores hogareñas antes que pedirle su juramento otra vez. De modo que el marido salió de su casa.
No bien pasaron unos minutos apenas, y su esposa salió detrás de él. Ya conocía el camino y conocía los lugares donde podía ocultarse de la vista de Rajmund. Desde luego, y como ella temía, él llegó a la casa de la otra mujer y aún alcanzó a verle besarse con ella a través de una ventana.
Eso fue el peor golpe que había soportado ella en su vida. Aún tenía la falsa esperanza de que Rajmund decidiera dejar a la otra luego de haberle jurado amor eterno durante 7 días y de sellar el juramento con su pasión, pero por lo visto, aquello no fue suficiente.
Así que la única manera de quedarse con el amor de su marido era matarlo; puesto que a ella le había jurado amor eterno, pero no a la otra. A ella le amaría eternamente, aún después de la muerte, pero no a la otra, pues a ella no se lo había jurado.
Janalyn regresó a su casa. Había decidido lo que haría.
miércoles, marzo 22, 2006
Al paso de los años sin embargo, el marido, de nombre Rajmund, comenzó a ausentare más frecuentemente de lo acostumbrado y a comportarse de una manera muy fría para con su esposa, quien se llamaba Janalyn.
Este comportamiento le pareció en extremo extraño a su esposa, quien cierto día decidió seguirlo sin que él lo notara. Tuvo que andar bastante tiempo, pues su marido iba hasta otro pueblo, gracias a lo cual aún nadie en el original le había descubierto sus infidelidades. Pero él no contaba con que sería su propia esposa la que lo seguiría.
La pobre Janalyn se regresó desconsolada al descubrir el secreto de su esposo, y no paró de andar hasta estar de nuevo en su casa, donde dio rienda suelta a su llanto. ¡Ella amaba a Rajmund! ¿Cómo él podía hacerle algo así?
Hubo muchos sentimientos encontrados en el corazón de la engañada, pero fue uno de ellos el que predominó y, al final, venció al resto: la ira.
Fue esa ira la que provocó que la mente de Janalyn preparara un plan que, en cualquier otra circunstancia, a alguien como ella jamás se le hubiera ocurrido. Aquélla ira se convirtió en una obsesión que fue consumiendo día tras día a la desdichada sin que su esposo lo notara apenas.
Y es que Janalyn recordaba el juramento de aquél día en que Rajmund y ella unieron sus vidas: y fue “hasta que la muerte los separe”.
-¡Pues bien! -se decía- Si quiere separarse de mí, solo la muerte lo puede provocar.
Quizá ustedes piensen que ella pensaba en suicidarse por despecho; pero no. Si bien es cierto que aquélla idea cruzó por su mente varias veces, la ira que la embargaba resultó más poderosa y decidió que si alguien iba a ser castigado, no sería ella.
Fue a los pocos días, justo antes de que su marido se fuera, que ella habló con él.
-Rajmund, ¿tú me amas?
Esta pregunta era una pregunta a la que su marido se había acostumbrado a escuchar relativamente seguido. Él se había supuesto que a ella le gustaba escuchar la misma respuesta. -Sí, sí, Janalyn. Ya lo sabes.
-Rajmund, ¿tú recuerdas aquél día en que nos casamos?
-Sí, Janalyn, ¿cómo olvidarlo?
-Y dime, esposo mío, ¿recuerdas también los juramentos que hicimos?
Rajmund desvió la mirada entonces, y una nueva cicatriz se marcó en el corazón de su bella esposa, pero ella no hizo muestra alguna del profundo dolor que le causaba.
-Sí, Janalyn. Los recuerdo.
-¡Oh, Rajmund! ¡Me siento tan desdichada!
-¿Desdichada, dices? ¿Qué te sucede?
-¡Tan solo pensar en que al morir uno de los dos habremos de separarnos! ¡La vida es tan corta! ¿No sería hermoso que uniéramos nuestras almas y nos amáramos por la eternidad?
martes, marzo 21, 2006
Al cabo de las horas, la noche se presentó ataviada con un elegante manto de niebla. Los invitados se retiraron de la casa prometiendo regresar a la tarde siguiente, a la hora del té, para escuchar la nueva historia del vizconde.
…Y así fue.
A las cuatro en punto ya había unas doce personas sentadas en el salón principal esperando la llegada del vizconde. Todos habían llegado algunos minutos antes y el joven de Joudreem fue bastante puntual. Todos lo saludaron calurosamente y pronto fue presentado a las pocas personas que aún no conocía. Su rostro lucía jovial, pero no pudo reprimir un curioso brillo en la mirada cuando la señorita Greytower descendió por las escaleras; menos aún pudo evitar suspirar cuando se aproximó a ella para besarle la mano al saludarle.
En cuestión de instantes, la servidumbre se dispuso a servir el té a la manera acostumbrada. Al principio las pláticas no apuntaron a temas de un interés general, y al cabo de unos pocos minutos, lord Cavendish casi exigió que el vizconde comenzara con la historia que todos habían ido a escuchar.
-¡Por Dios, vizconde! No soportaré un minuto más escuchar hablar al señor Andrea de telégrafos y de códigos. He venido a escuchar una historia y él me habla de máquinas.
-Bueno -exclamó el mencionado señor Andrea, en el mismo tono bromista del lord-, si el joven vizconde no comienza a narrar su historia, alguien tiene que hablar de algo interesante.
Algunos pocos sonrieron con la chanza y el joven vizconde se disculpó por no haber comenzado antes.
-¿Qué tipo de historia desean escuchar hoy vuestras mercedes?
-Ayer nos prometió una mejor tragedia, vizconde. -Argumentó la condesa.
-Es verdad; pero también recuerdo que vuestra hermosa hija esperaba una historia más divertida.
La señorita Greytower volteó a ver al vizconde al escuchar que se refería a ella; antes de contestar contempló el cielo nublado a través de una ventana y luego respondió. -Para ser sincera, me temo que el clima no favorecería un cuento alegre. Quizá una mejor tragedia que la de ayer sería algo más adecuado.
-Con esas nubes -Agregó lord Cavendish-, estoy seguro que una historia de terror sería magnífica.
-Lord Cavendish es el único que podría considerar terrorífica a una puesta de sol o a la llegada de la primavera. No le haga caso, vizconde.
El joven de Joudreem sonrió ante el comentario de la amiga de la condesa. Pero antes de él había descubierto un peculiar brillo en la mirada de la señorita Greytower y supuso que la idea del lord no le parecía descabellada.
-Creo que esta tarde nublada me inspira para una historia de unos seres tan trágicos como terroríficos.
-¿Qué clase de seres podrían ser esos, vizconde? -Inquirió la condesa
-Unos seres que sienten un vacío eterno, condesa; y que a los demás nos parecerían monstruosos.
Al parecer, el vizconde logró el efecto deseado, pues en un momento obtuvo la atención de todos.
-Hoy les narraré un cuento de vampiros.
-¡Por todos los cielos! -Exclamó emocionado lord Cavendish- ¡Que a nadie se le ocurra proponer otra cosa!
Aquélla exclamación pareció alentar al narrador, pero no fue tanto aquello en realidad, sino la emoción mal disimulada de la hermosa señorita Greytower, la que provocó que las ideas brotaran en su mente como un torrente descontrolado que iba adquiriendo forma conforme las palabras se liberaban de su boca.
-…Esta historia sucedió allá en Rumania, hace un par de siglos acaso. Les contaré la historia de una joven llamada Janalyn.
lunes, marzo 20, 2006
No supo cómo reaccionar ella. Y en realidad, él tampoco tenía mucha idea entonces. Se separó de su rostro, aún bañado en lágrimas, para descubrir que aún estaba demasiado sorprendida como para dejar de mirarlo con aquéllos esplendorosos ojos que tenía.
-Bueno, creo que ya comprenderás mejor porqué te ayudé. -Dijo Pedro al fin.
Y así, se levantó y salió de la celda sin más ni más.
La joven bruja, por su parte, estuvo demasiado confundida pensando en el sabor de aquéllos labios y en lo que le había sucedido a lo largo del día.
Al cabo de un rato más, un guardia abrió la celda y la condujo al exterior. Isabela pidió ver al inquisidor antes de irse, pero no se le permitió.
Pasaron varios días y ninguno de los dos tuvo noticia alguna del otro. Isabela guardó para sus labios el beso que le habían entregado y no lo comentó con nadie. Don Pedro, por su parte, continuó con sus labores, a veces inspiradas en la joven bruja que le había cautivado.
Al cabo de los meses, sin embargo, llegaron a oídos de Isabela una conspiración que se estaba elaborando por parte de algunos judíos que tenían en poca estima al inquisidor. No pocos planes habían ideado para matarle, a fin de vengarse por causa de unos desagravios en su contra.
No supo Isabela porqué, y seguramente no lo entendió nunca, pero sufrió terriblemente al enterarse de aquél macabro plan. Quizá hubiera sido que aquél hombre tuvo la vida de ella en sus manos y en vez de tomarla decidió besarle o acaso fuera que ella sentía, en el fondo, algo por él.
La cuestión es que decidió ir a avisarle.
Isabela se presentó en las oficinas del santo oficio. Sobra decir que al llegar ante el Inquisidor, los corazones de ambos dieron un vuelco de alegría, pues ambos ansiaban verse nuevamente. Sin embargo y por tristeza, el ambiente y la sensación de aquél lugar era aún menos romántico que la celda a la luz de la antorcha en la ocasión anterior. Don Pedro vestía su atuendo de negro y púrpura, y ella vestía con sus sencillas prendas de campesina. El contraste era radical, pensó ella, pero desde luego, a ninguno le importaba mucho en realidad.
-En qué puedo ayudarte -Preguntó él luego de contemplar aquéllos ojos con los que había soñado desde hacía tantas noches.
-En realidad, vengo a devolverle el favor.
-¿De qué hablas?
-Aquélla ocasión en que me dejó en libertad… usted tenía mi vida en sus manos, ¿no es así?
-Es verdad.
-Pues bien, no tengo su vida del todo en las mías, pero quizá pueda ayudarle a que usted no la pierda.
Don Pedro la miró incrédulo, y ella le pidió que se quedaran a solas. Don Pedro la introdujo a una pequeña sala, que era donde comía y le pidió que se explicara. Isabela le detalló todo lo que había escuchado, sobre el complot y todo. Al final, el inquisidor se quedó muy pensativo de lo que había escuchado.
-¿Por qué me ayudas?
Ella estaba muy ruborizada, y sus ojos verdes centelleaban con un fulgor inusual. Pero ella sabía que, si todo lo que había escuchado era cierto, aquél sería el único momento en que tendría a aquél hombre para ella.
-Bueno, le ayudo porque…
Y sin más preámbulos, le besó.
En este punto, el joven de Joudreem detuvo la narración. Se quedó callado por tanto tiempo y contemplaba al vacío de una manera tan peculiar que los escuchas se miraron entre sí. Parecía que de pronto se había quedado mudo o que, acaso, se hubiera quedado sin ideas para el final del cuento.
-¿Y qué pasó entonces, vizconde? -Preguntó al fin la condesa, suponiendo lo que sucedía.
El joven volteó a verla con aire distraído. Se sonrojó en un instante y contestó al fin. -¿Qué habría de pasar condesa, en una habitación pequeña, sin nadie más a la vista, entre un hombre y una mujer?
La condesa se ruborizó inmediatamente y algunos de los demás invitados soltaron una carcajada.
-¡Eso explica porqué se calló el vizconde! -Agregó uno de los hombres- ¡Estoy seguro que estaba preguntándose como describirnos la escena!
-¡Oh! ¡De ninguna manera! En realidad estaba esperando que la imaginaran ustedes, y mientras lo hacían, pensaba darle un final menos triste a esta historia.
-¿De modo que ya está por terminar su historia, vizconde?
-Así es, pero por desgracia, no tengo un mejor final para la misma, así que espero que sean condescendientes conmigo.
-Adelante vizconde, adelante.
El joven se aclaró la garganta y continuó así.
A la mañana siguiente, don Pedro Arbués se encontraba ofreciendo su sincero arrepentimiento ante el altar de nuestro señor. Tan sincero era, que aún no se quitaba la sonrisa del rostro que tenía desde la tarde anterior.
Para su desgracia, la sonrisa no le duró mucho. Absorto en sus pecaminosos pensamientos como estaba, no sintió la llegada de ocho asesinos que terminaron con su vida con dagas tan frías como la justicia de Dios.
De nuevo el joven vizconde guardó silencio y en breves instantes la condesa preguntó.
-¿Y qué sucedió con la joven?
-¿Qué habría de sucederle? Lloró un poco por la muerte del inquisidor y luego se unió a la fiesta que dieron sus colegas por la misma causa.
-¿Y con los asesinos de Don Pedro?
-¡Ah! A esos no les fue tan bien como a las brujas; pues gracias a Isabela, el inquisidor anotó los nombres de los conspiradores. Los asesinos fueron duramente perseguidos y al final hubo nueve ejecutados, dos suicidios y cuatro castigados por complicidad.
-¿Pero qué no eran ocho los asesinos? -Preguntó lord Cavendish.
-Pues sí, pero así lo cuenta la historia -Respondió el vizconde
-¡Ah! ¿De modo que la historia es verdadera? –Inquirió la condesa de Greytower
-¡Por supuesto! No tengo tanta imaginación para las historias trágicas, querida condesa; pero prometo inventarme una con más calma.
-¿Y cuándo nos la contará?
-Mañana mismo, si me lo permiten.
-¡Sí, sí, mañana! -Exclamó ella con alegría-. Le esperaremos con ansia… porque ustedes vendrán a escucharla también, ¿no es así? -Dijo dirigiéndose a los otros invitados.
-¡Desde luego! Será más entretenido escuchar las historias de este joven que las de mi esposa -Agregó divertido el duque.
-¿Y tú, hija?
La señorita Greytower sonrió alegremente. -Confío en que mañana el vizconde tenga la amabilidad de narrarnos una historia más divertida. Y yo estaré encantada de escucharle.
domingo, marzo 19, 2006
Después de aquélla breve entrevista, Don Pedro pidió que la encerraran en una de las mazmorras del lugar. Con esto se ganó la simpatía de algunos y, desde luego, la enemistad de otros. Pero él ya se imaginaba que así serían las cosas. Más aún: estaba acostumbrándose a ello.
Luego de que se llevaran a la joven bruja, quien aún sollozaba, Pedro despidió al resto de la gente alegando sus múltiples ocupaciones; lo que también era cierto. Algunas personas que habían ido a defender a la bruja le rogaban al inquisidor que fuera indulgente con ella, a lo que él respondía que “el sufrimiento purifica los pecados” y que esperaba que no fuera tan pecadora como él aún creía. Acto seguido, despachó al resto de personas y se dirigió a las mazmorras donde habían encerrado a la acusada.
Al llegar, pidió al guardia que los dejara a solas y entró en la celda. La pobre mujer se había acurrucado en un rincón para seguir derramando lágrimas y apenas levantó la vista cuando la imponente figura se aproximó a ella.
-¿Qué te sucede? -Preguntó el recién llegado, como si no tuviera una idea. Es de esperarse que la mujer lo considerara un estúpido pues él mismo la acababa de mandar encerrar hacía menos de una hora. Así que se limitó a contemplarle con incredulidad.
Al no haber una respuesta, Don Pedro se acercó aún más, a lo que ella reaccionó acurrucándose aún más contra la fría roca de la celda.
-Yo… lo siento. No quise ser duro contigo allá arriba. Es solo que… bueno, uno debe tener un rostro ante la gente. La situación es difícil, y a las personas no les gusta lo que hacemos. ¿Me entiendes?
Ella asintió, pero en realidad lo hacía más por seguirle la corriente que porque entendiera del todo lo que aquél hombre le decía.
-Bien, solo… quería disculparme. Quedarás libre esta noche.
La mujer aún lo miraba sorprendida. Realmente no sabía qué esperar de aquél hombre. Cuando escuchó la palabra “inquisidor” hacía un rato antes había temblado de miedo, pues ya su vieja maestra le había hablado de las cosas que se decían de ellos en otros reinos; así que no confiaba mucho del todo en él. Pero ahora le hablaba con tanta franqueza y su situación podría llegar a ser tan difícil que supuso que no tendría otra opción más que confiar. Mientras pensaba en estas cosas, Don Pedro ya le había contemplado unos minutos y al fin decidió a salir de la celda.
Fue justo un paso antes de salir cuando la bruja le preguntó: -¿Por qué me ayuda?
Él volteó a verla, como si esperaba cualquier cosa para volver hacerlo -y en realidad así era- y se acercó nuevamente un par de pasos.
-¿Cómo te llamas? –Le preguntó.
-Isabela.
-Es un lindo nombre el tuyo -Hizo una pausa para contemplarle descaradamente a la luz de la antorcha, y luego continuó-. Te ayudo porque…
Hubo una pausa muy larga. Los ojos de él se clavaron profundamente en los de ella y la bruja comprendió entonces que era el fuego del corazón de aquél hombre el que le había salvado y no otra cosa. E hizo bien en comprenderlo entonces, porque un momento después, Don Pedro hizo algo impensable.
La besó.
sábado, marzo 18, 2006
Eran ya los finales del siglo XV, la inquisición no tenía mucho de haber llegado al reino de Aragón, allá en España. El gran Torquemada había enviado a uno de los más fieles servidores de la Iglesia para ser de los primeros Inquisidores en aquélla región: Pedro de Arbués.
Ya por aquéllos entonces ni nobles ni vasallos estaban contentos con las decisiones del santo oficio, y la tensión en las calles se podía cortar con cuchillo. Que mandaran a un Inquisidor al reino para poner orden -incluso entre los nobles de la época- era algo que muchos no pensaban aguantar en definitiva.
Más aún, apenas a unos días de haber llegado a la ciudad de Teruel, comenzaron a haber algunos pocos “procesos” que terminaron de incomodar a la población. Había especial resentimiento por parte de los judíos pues, como era de esperarse, el catolicismo quería ganar más territorio pronto; tan solo que no había considerado que muchos judíos se habían hecho camino gracias a los lazos matrimoniales con los nobles.
Entre los procesos que se dieron durante esos días, hubo uno que llamó especial atención del Inquisidor Pedro. Era uno fuera de lo común para él porque, hasta ese día, jamás le había tocado conocer a una bruja de verdad. Los soldados del santo oficio habían sido enviados por él mismo en la mañana debido a un alboroto provocado en las afueras de la ciudad y al poco regresaron con una adoradora del diablo tomada por la fuerza.
La situación era difícil de comprender debido a las múltiples versiones de los testigos; algunos aseguraban que ella había lanzado un maleficio a un transeúnte sin deberla ni temerla; y otros explicaron con más detalle que el mencionado transeúnte era un hombre que la había insultado porque ella no le quiso ayudar a lograr cierto cometido. El caso es que nadie sabía qué cometido era ese y la única que podía decirlo estaba atada y amordazada para que no pudiera proferir ningún conjuro; no fuera a convertirse en cuervo y pudiera escapar para lanzar más maleficios sobre los demás.
Luego de escuchar cualquier cantidad de supersticiones, Pedro al fin se dignó a acercarse a la bruja y, tras una orden, ésta le mostró su rostro. El inquisidor se quedó absorto unos instantes contemplando la rara belleza que tenía frente a sí. Aquélla joven de no más de veintitrés años poseía un rizado cabello negro como el ébano y unos enormes ojos, tan brillantes como las esmeraldas. Sus facciones eran sencillas, pero no había un solo rasgo tosco en ella; y bajo las ropas de campesina se alcanzaba a percibir una hermosa silueta rematada con una piel morena.
Mientras la examinaba, la mayoría de los presentes supuso que el inquisidor trataba de indagar en el alma de la acusada; lo cual no era del todo falso, pero en realidad él prefería contemplarle tan detenidamente como le fuera posible para recordar aquéllos hermosos ojos verdes que le miraban con una mezcla de ira y miedo.
Al fin, decidido a memorizar aquél rostro cuan bello era y a fin de contemplar los labios de la acusada, Pedro decidió, sin importarle las exclamaciones de asombro de los que ahí se encontraban, quitarle la tela que le impedía el habla a la mujer que tenía enfrente.
-Esta gente te acusa de adorar a Satanás y de haber usado las artes de las tinieblas para maldecir a un hombre. ¿Qué tienes que decir en tu favor? ¡Habla!
Los bellos ojos de aquélla bruja se arrasaron en lágrimas y entre sollozos explicó que la habían tomado presa injustamente, que era verdad que era aojadora y desaojadora, que conocía los usos de las hierbas y que no pocos le pedían favores que nadie más sabía hacer; pero que era cristiana de corazón, que rezaba diariamente y que no hacía mal a nadie. Que jamás había adorado a Satanás ni a demonio alguno; que a Cristo solamente le rezaba. Que el hombre aquél le había insultado porque su hombría no le funcionaba cómo el quería y que ella, a pesar de sus conocimientos, no le pudo ayudar como ambos hubieran querido...
…Lo cierto es que el inquisidor no escuchó ni la mitad de lo que la bruja le dijo pues que se había quedado prendado de ella. Los sollozos y las lágrimas lograron ablandarle el corazón y más injusto le parecía a él que semejante belleza tuviera que ser castigada antes que el hecho de que alguien hubiera recibido una “inofensiva” maldición.
viernes, marzo 17, 2006
Los comentarios de sorpresa no se hicieron esperar y no pocos aseguraron envidiar al tal barón de Guildeom por la fortuna de poder casarse con la hija de la condesa.
-¡Pero vizconde! ¿Acaso no felicitará a mi hija?
El vizconde se había quedado mudo con la noticia y pronto se sumergió en sus pensamientos; tanto, que había olvidado por completo las reglas de la etiqueta.
-¿Qué? ¡Oh! Lo siento mucho… Enhorabuena, señorita Graytower –Dijo, sin un ápice de emoción. La joven volteó a verlo, quizá por primera vez y sonrió ligeramente mientras decía un par de palabras de agradecimiento.
Aquélla sonrisa fue la vida para el vizconde. Sin dejar de mirarla, su mente viajó por entre tierras y reinos, mares y cielos… y no se dio cuenta que la joven ya no lo miraba a él.
Durante un par de horas más el joven casi no despegó la vista de la belleza que tenía a su lado. Procuraba no mirarla demasiado, pero al mismo tiempo no podía evitarlo. La condesa, por su parte, dejó de prestarle atención en cuanto empezó a recibir felicitaciones y preguntas.
El vizconde, por su parte, contempló cada minúsculo movimiento de la piel de la joven. Cuando tomaba la taza, cuando la llevaba a los labios. Descubrió embelesado cuánta perfección había en un solo rostro; se encontró con detalles en los que quizá nadie hubiera reparado: la curva de su sonrisa, el nacarado real de su piel, la forma de la caída de sus cabellos castaños, la dulce mirada que tenía, la delicadeza de sus manos… parecía un niño que había descubierto un nuevo lugar donde jugar.
La mente del joven de Joudreem daba vueltas vertiginosamente. Aquélla hermosa damisela era la primera que le había despertado aquél extraño instinto tan velozmente. Había visto a otras doncellas quizá tanto o más bellas también. Pero acaso ella tuviera “algo” que la hacía parecer casi mágica.
No sabía qué era ese “algo”. Lo único que sabía era que aún cuando no se hubieran dirigido la palabra nunca, ya no soportaba la idea de verle casada con otro hombre.
…Así que su mente comenzó a trabajar.
…Y lo hizo justo a tiempo porque, en ese momento, la condesa retomó la atención en él.
-Parece que la noticia lo tomó por sorpresa vizconde -dijo alegremente ella-; ya no ha tenido uno de sus oportunos comentarios.
Y por primera vez, el vizconde habló en voz alta. Se había decidido a buscar una oportunidad, la que fuera, y tomarla. No sabría qué. No sabría cómo; pero sí sabía que no se quedaría sin intentarlo. -Lo siento, condesa. Es solo que estoy muy resentido con vos.
-¿Cómo es eso vizconde? ¿Pues qué le he hecho?
-En primer lugar, ocultarme que tenía una hija con una belleza superior a la diosa Venus, y en segundo lugar, avisarme justamente hoy que le conozco, que ya está comprometida. Eso es tenerme en poca estima, mi querida condesa.
Por un momento, algunos de los presentes se quedaron mudos ante el poco recato del joven; pero después éste sonrió de una manera peculiar e hizo un guiño que provocó que la mayoría de los escuchas tomaran a broma el recién comentario, y pronto la condesa rió sonoramente.
-¡Ah, vizconde! -dijo ella, y luego se dirigió a los demás- ¿Ahora entienden por qué le aprecio tanto?
-Sin embargo -comentó un caballero mayor- todavía tu vizconde no nos ha mostrado un poco de su talento y tú, Madeleine, te lo reservas para ti; este muchacho tiene razón en decir que le tienes en poca estima.
-Le daría la razón, duque; si no fuera porque le he insistido toda la velada que nos comparta un poco de su talento y él se limita a decirme “¿cuál talento, condesa? Me parece que usted es la única que lo ve”.
-Ella es la única que lo ve porque solo a ella la hace reír, vizconde -Comentó el mismo duque-. ¡Vamos! Compártanos un poco de lo que hace, ¿a qué se dedica?
El vizconde iba a responder con modestia, pero la condesa se adelantó. -¡Oh! ¡Tiene una imaginación prodigiosa! Lo encontré una tarde que fui a visitar a mi querida amiga Baptistine; él se encontraba narrando un cuento maravilloso sobre… ¡oh!, no recuerdo bien; pero tenía algo que ver con criaturas peligrosas y un gendarme que salvaba a un pueblo entero. ¡Debían haberlo visto! La tormenta de afuera parecía ayudarle a describir su historia, porque cada vez que él decía algo escalofriante, un relámpago surcaba el cielo y a todos nos envolvía un temblor espantoso.
-Condesa, usted es muy indulgente conmigo. La tormenta era, por mucho, más espantosa que mi historia.
-Quizá vizconde, quizá. Pero en todo caso, usted narra maravillosamente.
Hizo una pausa y luego comentó. -¡Pero eso no es todo! No me imaginaba que un hombre tan joven pudiera inventarse cosas tan espantosas y describirlas con tanto detalle. Así que le pregunté que dónde había escuchado esa historia, ¿y saben lo que me respondió? ¡Qué se le acababa de ocurrir!
Hubo algunos murmullos de aprobación y pronto la expectativa se cernió sobre el joven de Joudreem.
-¿De modo que le gustan las historias de miedo, vizconde? -Preguntó Lord Cavendish.
-Sepa vizconde -Agregó a tiempo la condesa- que Lord Cavendish es un fanático de esas historias. Tiene una sorprendente colección de libros curiosos, por decir lo menos.
-¡Oh!, comprendo -Aseguró con una sonrisa el joven-; pero lamento decepcionarlo, lord Cavendish, mis historias de miedo no espantarían ni a un niño.
-Pues a mi sí que me hicieron brincar más de una vez, vizconde.
-Confunde a los relámpagos con mi historia, condesa.
No pocos sonrieron con el comentario y luego la conversación se reanudó con una voz que al vizconde le pareció la más exquisita de todas.
-¿Qué tipo de historias narra usted, vizconde? -Preguntó la señorita Greytower.
El vizconde volteó lentamente, como saboreando cada una de las palabras que acababa de escuchar y se dirigió a la joven. -Del tipo que usted más disfrute, mi lady.
La joven se ruborizó un poco; pero inmediatamente, con voz decidida, respondió. -Pues a mi me agradan las historias trágicas.
-Me alegra escuchar eso. Precisamente hoy estoy de ánimos para una historia de esas.
-No nos dirá que le ha ocurrido alguna tragedia, vizconde.
El joven de Joudreem miró de reojo a la hija de la condesa. Estuvo a punto de responder que sí, pero se contuvo y sonrió. -La vida es una tragedia constante, condesa. Y nosotros somos los escuchas de la misma.
-¡Qué dramático! -Respondió instintivamente la amiga de la condesa.
Para entonces todos escuchaban atentamente al vizconde. Y fue la condesa la que, con su cálido tono le pidió al mismo que contara una de sus historias, y justo después, el resto de los invitados le pidieron que no se hiciera del rogar y que comenzara pronto, pues estaban impacientes.
-Dejadme pensar un poco -Se llevó una mano a la cabeza, dando la impresión que meditaba profundamente unos instantes y después contempló a todos-. Si me lo permiten, les contaré la historia del temible inquisidor Pedro Arbués.
jueves, marzo 16, 2006
La invitación al té
Era una tarde lluviosa en la ciudad. La luz del sol hacía largo rato que se había opacado por las densas nubes que poblaban el cielo. Las calles y los adoquines no se percibían bien del todo, debido en parte a la lluvia y el frío. La gente andaba con cuidado y numerosas sombrillas se movían en una elegante danza sobre las aceras.
Una de aquéllas sombrillas se desviaba del camino de las demás, como si de pronto hubiera preferido no entremezclarse en aquélla danza de hongos citadinos; acto seguido atravesó una reja, luego un jardín y al poco tiempo una blanca y firme mano salió de la sombra que le cubría para golpear suavemente una refinada puerta de madera.
Dicha puerta no tardó en entreabrirse y una escrutadora mirada se asomó para conocer al visitante. Un instante luego, la puerta se abrió completamente y la voz sonora del mayordomo anunció:
-¡El vizconde de Joudreem!
Pocas personas voltearon a ver al joven, y la mayoría de los que lo hicieron solo contemplaron con una ceja en arco el desgaste de su vestimenta. A él no parecía importarle. Y un par de señoras exclamaron alegremente al escuchar el nombre del recién llegado justo cuando él ya buscaba con la mirada algún rostro familiar.
-¡Vizconde! ¡Que alegría que nos honra con su visita! -Pronunció una de aquéllas dos señoras, mientras se acercaba velozmente. Era una señora aún joven, de finas facciones y ligeramente regordeta. Las mejillas maquilladas brillaban con un matiz de coral sobre la piel nacarada. Sobre su cabeza un elaborado peinado lucía un adorno que parecía una orquídea, pero que de cerca no era más que un listón muy estilizado. Lucía un bonito vestido carmesí con unas mangas que dejaban caer los holanes hasta debajo del codo y los de la parte baja se arrastraban delicadamente sobre el suelo de mármol.
Él sonrió. De su sonrisa al serio semblante de un instante antes había un grave contraste. Avanzó un par de pasos ceremoniosamente mientras esperaba a que las dos damas se acercaran y entonces, besando la mano de la primera, se limitó a contestar: -El honor es mío al recibir vuestras invitaciones, condesa.
-Usted siempre tan atento, vizconde.
-No diga eso. Nunca es lo suficiente.
La condesa se sonrojó un poco y le indicó al joven que le siguiera; lo cual hizo luego de saludar a la amiga de la misma con un tono igual de amable pero ligeramente más frío. Sería poco decir que en menos de veinte minutos ya le había presentado a un buen número de personajes ilustres de Inglaterra. La condesa aseguraba que él era un joven muy talentoso, aunque pocos estuvieran de acuerdo en ello, tal vez debido a lo silencioso que se comportaba. Luego de ir de grupito en grupito por la amplia construcción, no pocos se quedaron pensando que alguien con “tanto talento” como la condesa aseguraba, no sería tan callado a menos que tuviera tanto talento como poca lengua, lo que, en todo caso, no le serviría de nada.
Pasó algún tiempo y el joven se quedó solo. La condesa tuvo que saludar a nuevos invitados que no dejaban de llegar a su casa y su amiga la seguía con más fidelidad que su misma sombra. El joven se paró frente a una ventana para contemplar la lluvia que ahora caía con más ímpetu que cuando él llegó; tanto así que el cristal parecía más un espejo que una ventana por la oscuridad del exterior.
Absorto en este tipo de pensamientos, el vizconde no notó que el barullo disminuyó considerablemente. De pronto, sobre la oscuridad del exterior, un reflejo deslumbrante centelleó en la ventana. El vizconde volteó instintivamente para encontrarse con que ahí, a unos cuantos metros, la joven más bella que había visto jamás descendía solemnemente por la amplia escalera.
Mientras contemplaba embelesado a la chica, alcanzó a escuchar algunos rumores sobre lo mismo que él pensaba: “Qué joven tan bella” susurraban algunos, “Sí, muy hermosa en verdad” decían otros; habría sido improbable que ella no escuchara ninguno de estos comentarios, pero en todo caso, no parecía prestarles atención; fuera acaso que estuviera acostumbrada a los mismos o que simplemente no les daba importancia.
El joven esperaba que aquélla belleza volteara a verle al menos por un instante, pero para su decepción, sus miradas no se cruzaron ni un solo segundo. Desde luego, no era el único que esperaba la misma suerte y la mayoría se contentó con contemplarla al pasar. Luego de que se desapareciera hasta el salón contiguo, las pláticas y el barullo aumentaron poco a poco nuevamente hasta que una campanilla solicitó silencio y una grave voz anunció:
-¡El té está servido!
Los invitados comenzaron a caminar hacia el salón del comedor sin mucha prisa pero tampoco a paso lento. El joven fue de los últimos en entrar y justo cuando pensaba que sería una tarde de lo más aburrida, descubrió para su sorpresa que la condesa había dispuesto que la silla de su izquierda la ocuparía él. Mientras avanzaba por detrás de los invitados que ya ocupaban su lugar descubrió fascinado que la persona que estaba sentada al lado era la bella joven que a todos había dejado sorprendidos minutos antes.
-Venga, siéntese aquí Vizconde -Dijo la condesa cuando él ya se acercaba-. ¡Me niego a perderme de su compañía mientras esté usted cerca!
-La condesa tiene demasiadas atenciones conmigo.
-¡Oh!, no diga tonterías, Vizconde. Pues como usted dice, “nunca es lo suficiente”.
El joven se ruborizó ligeramente también al tiempo que se excusaba con la bella joven quien, para su decepción, no pareció prestarle atención al comentario.
A pesar de que el joven no hablara mucho, la condesa parecía divertirse con él como si fuera el mejor bufón de la corte. Era verdad que hablaba poco, pero tenía algunos comentarios certeros que sólo compartía con la condesa, acaso porque ella le inspirara confianza; y ella a su vez los compartía con su amiga, quién también reía sonoramente.
La tarde cedió paso a la noche y algunos invitados ya se despedían mientras que los de más confianza se quedaban para compartir una velada que auguraba ser deliciosa. Fue al cabo de las horas que uno de los caballeros se animó a preguntar a la condesa:
-¿Y bien, madame? ¿Ya nos comentará a qué debemos el honor de tan exquisita fiesta? ¿O preferirá organizar otra para comentarnos después?
Algunos rieron más por compromiso que por gracia, pero la condesa lo hizo de verdad. -¡Lo siento, Lord Cavendish! La culpa la tiene el vizconde de Joudreem, que no ha parado de hacerme reír en toda la velada.
-Eso hemos notado -Contestó fríamente una de las mujeres de la mesa. Pero ya se ha ido más de la mitad de los invitados y tú no nos has prestado atención, Madeleine.
La condesa volteó a ver en todas direcciones. El ambiente se puso tenso en un instante, pero ella no esperaba que todo se arruinara por un comentario. -Bien, si me he esperado hasta ahora, es también porque sé que las personas de mi mayor confianza son las que nos acompañan en estos momentos…
"Así que aprovechando vuestra amable curiosidad, confieso que he de hacer un anuncio.
El vizconde miró de reojo a la bella joven que tenía a un lado, a quien no se había atrevido a dirigir la palabra en toda la tarde, y notó que estaba ruborizándose. La condesa se puso en pie y se aclaró la garganta. El poco barullo se desvaneció en un segundo y la atención de todos se fijaban en ella.
-Hace algunos días recibí la carta del barón de Guildeom anunciándome su visita. Como todos saben, él es un viejo amigo de mi familia. Pues bien, apenas ayer se presentó aquí para solicitar la mano de mi hija.
Hubo algunos comentarios y exclamaciones de sorpresa. El rostro de la joven adquirió el color de la ciruela y la condesa hizo una seña para pedir atención.
-Desde luego, todos están cordialmente invitados, y no aceptaré una negativa de vuestra parte.
-¿Y cuándo será la boda? -Preguntó un caballero que estaba sentado justo enfrente de la condesa.-¡Oh! Si todo sale bien, la boda se celebrará en un año… Bueno, un poco más: en un año y un día.

