Un año y un día

Un cuento victoriano.

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Nombre: D'Arath
Ubicación: DF, Mexico

I'm a creepy modern wizard, man!

lunes, marzo 20, 2006

No supo cómo reaccionar ella. Y en realidad, él tampoco tenía mucha idea entonces. Se separó de su rostro, aún bañado en lágrimas, para descubrir que aún estaba demasiado sorprendida como para dejar de mirarlo con aquéllos esplendorosos ojos que tenía.
-Bueno, creo que ya comprenderás mejor porqué te ayudé. -Dijo Pedro al fin.
Y así, se levantó y salió de la celda sin más ni más.
La joven bruja, por su parte, estuvo demasiado confundida pensando en el sabor de aquéllos labios y en lo que le había sucedido a lo largo del día.
Al cabo de un rato más, un guardia abrió la celda y la condujo al exterior. Isabela pidió ver al inquisidor antes de irse, pero no se le permitió.

Pasaron varios días y ninguno de los dos tuvo noticia alguna del otro. Isabela guardó para sus labios el beso que le habían entregado y no lo comentó con nadie. Don Pedro, por su parte, continuó con sus labores, a veces inspiradas en la joven bruja que le había cautivado.
Al cabo de los meses, sin embargo, llegaron a oídos de Isabela una conspiración que se estaba elaborando por parte de algunos judíos que tenían en poca estima al inquisidor. No pocos planes habían ideado para matarle, a fin de vengarse por causa de unos desagravios en su contra.
No supo Isabela porqué, y seguramente no lo entendió nunca, pero sufrió terriblemente al enterarse de aquél macabro plan. Quizá hubiera sido que aquél hombre tuvo la vida de ella en sus manos y en vez de tomarla decidió besarle o acaso fuera que ella sentía, en el fondo, algo por él.

La cuestión es que decidió ir a avisarle.

Isabela se presentó en las oficinas del santo oficio. Sobra decir que al llegar ante el Inquisidor, los corazones de ambos dieron un vuelco de alegría, pues ambos ansiaban verse nuevamente. Sin embargo y por tristeza, el ambiente y la sensación de aquél lugar era aún menos romántico que la celda a la luz de la antorcha en la ocasión anterior. Don Pedro vestía su atuendo de negro y púrpura, y ella vestía con sus sencillas prendas de campesina. El contraste era radical, pensó ella, pero desde luego, a ninguno le importaba mucho en realidad.
-En qué puedo ayudarte -Preguntó él luego de contemplar aquéllos ojos con los que había soñado desde hacía tantas noches.
-En realidad, vengo a devolverle el favor.
-¿De qué hablas?
-Aquélla ocasión en que me dejó en libertad… usted tenía mi vida en sus manos, ¿no es así?
-Es verdad.
-Pues bien, no tengo su vida del todo en las mías, pero quizá pueda ayudarle a que usted no la pierda.
Don Pedro la miró incrédulo, y ella le pidió que se quedaran a solas. Don Pedro la introdujo a una pequeña sala, que era donde comía y le pidió que se explicara. Isabela le detalló todo lo que había escuchado, sobre el complot y todo. Al final, el inquisidor se quedó muy pensativo de lo que había escuchado.
-¿Por qué me ayudas?
Ella estaba muy ruborizada, y sus ojos verdes centelleaban con un fulgor inusual. Pero ella sabía que, si todo lo que había escuchado era cierto, aquél sería el único momento en que tendría a aquél hombre para ella.
-Bueno, le ayudo porque…

Y sin más preámbulos, le besó.


En este punto, el joven de Joudreem detuvo la narración. Se quedó callado por tanto tiempo y contemplaba al vacío de una manera tan peculiar que los escuchas se miraron entre sí. Parecía que de pronto se había quedado mudo o que, acaso, se hubiera quedado sin ideas para el final del cuento.
-¿Y qué pasó entonces, vizconde? -Preguntó al fin la condesa, suponiendo lo que sucedía.
El joven volteó a verla con aire distraído. Se sonrojó en un instante y contestó al fin. -¿Qué habría de pasar condesa, en una habitación pequeña, sin nadie más a la vista, entre un hombre y una mujer?
La condesa se ruborizó inmediatamente y algunos de los demás invitados soltaron una carcajada.
-¡Eso explica porqué se calló el vizconde! -Agregó uno de los hombres- ¡Estoy seguro que estaba preguntándose como describirnos la escena!
-¡Oh! ¡De ninguna manera! En realidad estaba esperando que la imaginaran ustedes, y mientras lo hacían, pensaba darle un final menos triste a esta historia.
-¿De modo que ya está por terminar su historia, vizconde?
-Así es, pero por desgracia, no tengo un mejor final para la misma, así que espero que sean condescendientes conmigo.
-Adelante vizconde, adelante.
El joven se aclaró la garganta y continuó así.

A la mañana siguiente, don Pedro Arbués se encontraba ofreciendo su sincero arrepentimiento ante el altar de nuestro señor. Tan sincero era, que aún no se quitaba la sonrisa del rostro que tenía desde la tarde anterior.
Para su desgracia, la sonrisa no le duró mucho. Absorto en sus pecaminosos pensamientos como estaba, no sintió la llegada de ocho asesinos que terminaron con su vida con dagas tan frías como la justicia de Dios.


De nuevo el joven vizconde guardó silencio y en breves instantes la condesa preguntó.
-¿Y qué sucedió con la joven?
-¿Qué habría de sucederle? Lloró un poco por la muerte del inquisidor y luego se unió a la fiesta que dieron sus colegas por la misma causa.
-¿Y con los asesinos de Don Pedro?
-¡Ah! A esos no les fue tan bien como a las brujas; pues gracias a Isabela, el inquisidor anotó los nombres de los conspiradores. Los asesinos fueron duramente perseguidos y al final hubo nueve ejecutados, dos suicidios y cuatro castigados por complicidad.
-¿Pero qué no eran ocho los asesinos? -Preguntó lord Cavendish.
-Pues sí, pero así lo cuenta la historia -Respondió el vizconde
-¡Ah! ¿De modo que la historia es verdadera? –Inquirió la condesa de Greytower
-¡Por supuesto! No tengo tanta imaginación para las historias trágicas, querida condesa; pero prometo inventarme una con más calma.
-¿Y cuándo nos la contará?
-Mañana mismo, si me lo permiten.
-¡Sí, sí, mañana! -Exclamó ella con alegría-. Le esperaremos con ansia… porque ustedes vendrán a escucharla también, ¿no es así? -Dijo dirigiéndose a los otros invitados.
-¡Desde luego! Será más entretenido escuchar las historias de este joven que las de mi esposa -Agregó divertido el duque.
-¿Y tú, hija?
La señorita Greytower sonrió alegremente. -Confío en que mañana el vizconde tenga la amabilidad de narrarnos una historia más divertida. Y yo estaré encantada de escucharle.