Un año y un día

Un cuento victoriano.

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sábado, marzo 18, 2006

El Inquisidor y la Bruja
Eran ya los finales del siglo XV, la inquisición no tenía mucho de haber llegado al reino de Aragón, allá en España. El gran Torquemada había enviado a uno de los más fieles servidores de la Iglesia para ser de los primeros Inquisidores en aquélla región: Pedro de Arbués.
Ya por aquéllos entonces ni nobles ni vasallos estaban contentos con las decisiones del santo oficio, y la tensión en las calles se podía cortar con cuchillo. Que mandaran a un Inquisidor al reino para poner orden -incluso entre los nobles de la época- era algo que muchos no pensaban aguantar en definitiva.
Más aún, apenas a unos días de haber llegado a la ciudad de Teruel, comenzaron a haber algunos pocos “procesos” que terminaron de incomodar a la población. Había especial resentimiento por parte de los judíos pues, como era de esperarse, el catolicismo quería ganar más territorio pronto; tan solo que no había considerado que muchos judíos se habían hecho camino gracias a los lazos matrimoniales con los nobles.
Entre los procesos que se dieron durante esos días, hubo uno que llamó especial atención del Inquisidor Pedro. Era uno fuera de lo común para él porque, hasta ese día, jamás le había tocado conocer a una bruja de verdad. Los soldados del santo oficio habían sido enviados por él mismo en la mañana debido a un alboroto provocado en las afueras de la ciudad y al poco regresaron con una adoradora del diablo tomada por la fuerza.
La situación era difícil de comprender debido a las múltiples versiones de los testigos; algunos aseguraban que ella había lanzado un maleficio a un transeúnte sin deberla ni temerla; y otros explicaron con más detalle que el mencionado transeúnte era un hombre que la había insultado porque ella no le quiso ayudar a lograr cierto cometido. El caso es que nadie sabía qué cometido era ese y la única que podía decirlo estaba atada y amordazada para que no pudiera proferir ningún conjuro; no fuera a convertirse en cuervo y pudiera escapar para lanzar más maleficios sobre los demás.
Luego de escuchar cualquier cantidad de supersticiones, Pedro al fin se dignó a acercarse a la bruja y, tras una orden, ésta le mostró su rostro. El inquisidor se quedó absorto unos instantes contemplando la rara belleza que tenía frente a sí. Aquélla joven de no más de veintitrés años poseía un rizado cabello negro como el ébano y unos enormes ojos, tan brillantes como las esmeraldas. Sus facciones eran sencillas, pero no había un solo rasgo tosco en ella; y bajo las ropas de campesina se alcanzaba a percibir una hermosa silueta rematada con una piel morena.
Mientras la examinaba, la mayoría de los presentes supuso que el inquisidor trataba de indagar en el alma de la acusada; lo cual no era del todo falso, pero en realidad él prefería contemplarle tan detenidamente como le fuera posible para recordar aquéllos hermosos ojos verdes que le miraban con una mezcla de ira y miedo.
Al fin, decidido a memorizar aquél rostro cuan bello era y a fin de contemplar los labios de la acusada, Pedro decidió, sin importarle las exclamaciones de asombro de los que ahí se encontraban, quitarle la tela que le impedía el habla a la mujer que tenía enfrente.
-Esta gente te acusa de adorar a Satanás y de haber usado las artes de las tinieblas para maldecir a un hombre. ¿Qué tienes que decir en tu favor? ¡Habla!
Los bellos ojos de aquélla bruja se arrasaron en lágrimas y entre sollozos explicó que la habían tomado presa injustamente, que era verdad que era aojadora y desaojadora, que conocía los usos de las hierbas y que no pocos le pedían favores que nadie más sabía hacer; pero que era cristiana de corazón, que rezaba diariamente y que no hacía mal a nadie. Que jamás había adorado a Satanás ni a demonio alguno; que a Cristo solamente le rezaba. Que el hombre aquél le había insultado porque su hombría no le funcionaba cómo el quería y que ella, a pesar de sus conocimientos, no le pudo ayudar como ambos hubieran querido...

…Lo cierto es que el inquisidor no escuchó ni la mitad de lo que la bruja le dijo pues que se había quedado prendado de ella. Los sollozos y las lágrimas lograron ablandarle el corazón y más injusto le parecía a él que semejante belleza tuviera que ser castigada antes que el hecho de que alguien hubiera recibido una “inofensiva” maldición.