Un año y un día

Un cuento victoriano.

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Nombre: D'Arath
Ubicación: DF, Mexico

I'm a creepy modern wizard, man!

viernes, marzo 17, 2006

Los comentarios de sorpresa no se hicieron esperar y no pocos aseguraron envidiar al tal barón de Guildeom por la fortuna de poder casarse con la hija de la condesa.
-¡Pero vizconde! ¿Acaso no felicitará a mi hija?
El vizconde se había quedado mudo con la noticia y pronto se sumergió en sus pensamientos; tanto, que había olvidado por completo las reglas de la etiqueta.
-¿Qué? ¡Oh! Lo siento mucho… Enhorabuena, señorita Graytower –Dijo, sin un ápice de emoción. La joven volteó a verlo, quizá por primera vez y sonrió ligeramente mientras decía un par de palabras de agradecimiento.
Aquélla sonrisa fue la vida para el vizconde. Sin dejar de mirarla, su mente viajó por entre tierras y reinos, mares y cielos… y no se dio cuenta que la joven ya no lo miraba a él.
Durante un par de horas más el joven casi no despegó la vista de la belleza que tenía a su lado. Procuraba no mirarla demasiado, pero al mismo tiempo no podía evitarlo. La condesa, por su parte, dejó de prestarle atención en cuanto empezó a recibir felicitaciones y preguntas.
El vizconde, por su parte, contempló cada minúsculo movimiento de la piel de la joven. Cuando tomaba la taza, cuando la llevaba a los labios. Descubrió embelesado cuánta perfección había en un solo rostro; se encontró con detalles en los que quizá nadie hubiera reparado: la curva de su sonrisa, el nacarado real de su piel, la forma de la caída de sus cabellos castaños, la dulce mirada que tenía, la delicadeza de sus manos… parecía un niño que había descubierto un nuevo lugar donde jugar.
La mente del joven de Joudreem daba vueltas vertiginosamente. Aquélla hermosa damisela era la primera que le había despertado aquél extraño instinto tan velozmente. Había visto a otras doncellas quizá tanto o más bellas también. Pero acaso ella tuviera “algo” que la hacía parecer casi mágica.
No sabía qué era ese “algo”. Lo único que sabía era que aún cuando no se hubieran dirigido la palabra nunca, ya no soportaba la idea de verle casada con otro hombre.

…Así que su mente comenzó a trabajar.

…Y lo hizo justo a tiempo porque, en ese momento, la condesa retomó la atención en él.
-Parece que la noticia lo tomó por sorpresa vizconde -dijo alegremente ella-; ya no ha tenido uno de sus oportunos comentarios.
Y por primera vez, el vizconde habló en voz alta. Se había decidido a buscar una oportunidad, la que fuera, y tomarla. No sabría qué. No sabría cómo; pero sí sabía que no se quedaría sin intentarlo. -Lo siento, condesa. Es solo que estoy muy resentido con vos.
-¿Cómo es eso vizconde? ¿Pues qué le he hecho?
-En primer lugar, ocultarme que tenía una hija con una belleza superior a la diosa Venus, y en segundo lugar, avisarme justamente hoy que le conozco, que ya está comprometida. Eso es tenerme en poca estima, mi querida condesa.
Por un momento, algunos de los presentes se quedaron mudos ante el poco recato del joven; pero después éste sonrió de una manera peculiar e hizo un guiño que provocó que la mayoría de los escuchas tomaran a broma el recién comentario, y pronto la condesa rió sonoramente.
-¡Ah, vizconde! -dijo ella, y luego se dirigió a los demás- ¿Ahora entienden por qué le aprecio tanto?
-Sin embargo -comentó un caballero mayor- todavía tu vizconde no nos ha mostrado un poco de su talento y tú, Madeleine, te lo reservas para ti; este muchacho tiene razón en decir que le tienes en poca estima.
-Le daría la razón, duque; si no fuera porque le he insistido toda la velada que nos comparta un poco de su talento y él se limita a decirme “¿cuál talento, condesa? Me parece que usted es la única que lo ve”.
-Ella es la única que lo ve porque solo a ella la hace reír, vizconde -Comentó el mismo duque-. ¡Vamos! Compártanos un poco de lo que hace, ¿a qué se dedica?
El vizconde iba a responder con modestia, pero la condesa se adelantó. -¡Oh! ¡Tiene una imaginación prodigiosa! Lo encontré una tarde que fui a visitar a mi querida amiga Baptistine; él se encontraba narrando un cuento maravilloso sobre… ¡oh!, no recuerdo bien; pero tenía algo que ver con criaturas peligrosas y un gendarme que salvaba a un pueblo entero. ¡Debían haberlo visto! La tormenta de afuera parecía ayudarle a describir su historia, porque cada vez que él decía algo escalofriante, un relámpago surcaba el cielo y a todos nos envolvía un temblor espantoso.
-Condesa, usted es muy indulgente conmigo. La tormenta era, por mucho, más espantosa que mi historia.
-Quizá vizconde, quizá. Pero en todo caso, usted narra maravillosamente.
Hizo una pausa y luego comentó. -¡Pero eso no es todo! No me imaginaba que un hombre tan joven pudiera inventarse cosas tan espantosas y describirlas con tanto detalle. Así que le pregunté que dónde había escuchado esa historia, ¿y saben lo que me respondió? ¡Qué se le acababa de ocurrir!
Hubo algunos murmullos de aprobación y pronto la expectativa se cernió sobre el joven de Joudreem.
-¿De modo que le gustan las historias de miedo, vizconde? -Preguntó Lord Cavendish.
-Sepa vizconde -Agregó a tiempo la condesa- que Lord Cavendish es un fanático de esas historias. Tiene una sorprendente colección de libros curiosos, por decir lo menos.
-¡Oh!, comprendo -Aseguró con una sonrisa el joven-; pero lamento decepcionarlo, lord Cavendish, mis historias de miedo no espantarían ni a un niño.
-Pues a mi sí que me hicieron brincar más de una vez, vizconde.
-Confunde a los relámpagos con mi historia, condesa.
No pocos sonrieron con el comentario y luego la conversación se reanudó con una voz que al vizconde le pareció la más exquisita de todas.
-¿Qué tipo de historias narra usted, vizconde? -Preguntó la señorita Greytower.
El vizconde volteó lentamente, como saboreando cada una de las palabras que acababa de escuchar y se dirigió a la joven. -Del tipo que usted más disfrute, mi lady.
La joven se ruborizó un poco; pero inmediatamente, con voz decidida, respondió. -Pues a mi me agradan las historias trágicas.
-Me alegra escuchar eso. Precisamente hoy estoy de ánimos para una historia de esas.
-No nos dirá que le ha ocurrido alguna tragedia, vizconde.
El joven de Joudreem miró de reojo a la hija de la condesa. Estuvo a punto de responder que sí, pero se contuvo y sonrió. -La vida es una tragedia constante, condesa. Y nosotros somos los escuchas de la misma.
-¡Qué dramático! -Respondió instintivamente la amiga de la condesa.

Para entonces todos escuchaban atentamente al vizconde. Y fue la condesa la que, con su cálido tono le pidió al mismo que contara una de sus historias, y justo después, el resto de los invitados le pidieron que no se hiciera del rogar y que comenzara pronto, pues estaban impacientes.
-Dejadme pensar un poco -Se llevó una mano a la cabeza, dando la impresión que meditaba profundamente unos instantes y después contempló a todos-. Si me lo permiten, les contaré la historia del temible inquisidor Pedro Arbués.