La invitación al té
Era una tarde lluviosa en la ciudad. La luz del sol hacía largo rato que se había opacado por las densas nubes que poblaban el cielo. Las calles y los adoquines no se percibían bien del todo, debido en parte a la lluvia y el frío. La gente andaba con cuidado y numerosas sombrillas se movían en una elegante danza sobre las aceras.
Una de aquéllas sombrillas se desviaba del camino de las demás, como si de pronto hubiera preferido no entremezclarse en aquélla danza de hongos citadinos; acto seguido atravesó una reja, luego un jardín y al poco tiempo una blanca y firme mano salió de la sombra que le cubría para golpear suavemente una refinada puerta de madera.
Dicha puerta no tardó en entreabrirse y una escrutadora mirada se asomó para conocer al visitante. Un instante luego, la puerta se abrió completamente y la voz sonora del mayordomo anunció:
-¡El vizconde de Joudreem!
Pocas personas voltearon a ver al joven, y la mayoría de los que lo hicieron solo contemplaron con una ceja en arco el desgaste de su vestimenta. A él no parecía importarle. Y un par de señoras exclamaron alegremente al escuchar el nombre del recién llegado justo cuando él ya buscaba con la mirada algún rostro familiar.
-¡Vizconde! ¡Que alegría que nos honra con su visita! -Pronunció una de aquéllas dos señoras, mientras se acercaba velozmente. Era una señora aún joven, de finas facciones y ligeramente regordeta. Las mejillas maquilladas brillaban con un matiz de coral sobre la piel nacarada. Sobre su cabeza un elaborado peinado lucía un adorno que parecía una orquídea, pero que de cerca no era más que un listón muy estilizado. Lucía un bonito vestido carmesí con unas mangas que dejaban caer los holanes hasta debajo del codo y los de la parte baja se arrastraban delicadamente sobre el suelo de mármol.
Él sonrió. De su sonrisa al serio semblante de un instante antes había un grave contraste. Avanzó un par de pasos ceremoniosamente mientras esperaba a que las dos damas se acercaran y entonces, besando la mano de la primera, se limitó a contestar: -El honor es mío al recibir vuestras invitaciones, condesa.
-Usted siempre tan atento, vizconde.
-No diga eso. Nunca es lo suficiente.
La condesa se sonrojó un poco y le indicó al joven que le siguiera; lo cual hizo luego de saludar a la amiga de la misma con un tono igual de amable pero ligeramente más frío. Sería poco decir que en menos de veinte minutos ya le había presentado a un buen número de personajes ilustres de Inglaterra. La condesa aseguraba que él era un joven muy talentoso, aunque pocos estuvieran de acuerdo en ello, tal vez debido a lo silencioso que se comportaba. Luego de ir de grupito en grupito por la amplia construcción, no pocos se quedaron pensando que alguien con “tanto talento” como la condesa aseguraba, no sería tan callado a menos que tuviera tanto talento como poca lengua, lo que, en todo caso, no le serviría de nada.
Pasó algún tiempo y el joven se quedó solo. La condesa tuvo que saludar a nuevos invitados que no dejaban de llegar a su casa y su amiga la seguía con más fidelidad que su misma sombra. El joven se paró frente a una ventana para contemplar la lluvia que ahora caía con más ímpetu que cuando él llegó; tanto así que el cristal parecía más un espejo que una ventana por la oscuridad del exterior.
Absorto en este tipo de pensamientos, el vizconde no notó que el barullo disminuyó considerablemente. De pronto, sobre la oscuridad del exterior, un reflejo deslumbrante centelleó en la ventana. El vizconde volteó instintivamente para encontrarse con que ahí, a unos cuantos metros, la joven más bella que había visto jamás descendía solemnemente por la amplia escalera.
Mientras contemplaba embelesado a la chica, alcanzó a escuchar algunos rumores sobre lo mismo que él pensaba: “Qué joven tan bella” susurraban algunos, “Sí, muy hermosa en verdad” decían otros; habría sido improbable que ella no escuchara ninguno de estos comentarios, pero en todo caso, no parecía prestarles atención; fuera acaso que estuviera acostumbrada a los mismos o que simplemente no les daba importancia.
El joven esperaba que aquélla belleza volteara a verle al menos por un instante, pero para su decepción, sus miradas no se cruzaron ni un solo segundo. Desde luego, no era el único que esperaba la misma suerte y la mayoría se contentó con contemplarla al pasar. Luego de que se desapareciera hasta el salón contiguo, las pláticas y el barullo aumentaron poco a poco nuevamente hasta que una campanilla solicitó silencio y una grave voz anunció:
-¡El té está servido!
Los invitados comenzaron a caminar hacia el salón del comedor sin mucha prisa pero tampoco a paso lento. El joven fue de los últimos en entrar y justo cuando pensaba que sería una tarde de lo más aburrida, descubrió para su sorpresa que la condesa había dispuesto que la silla de su izquierda la ocuparía él. Mientras avanzaba por detrás de los invitados que ya ocupaban su lugar descubrió fascinado que la persona que estaba sentada al lado era la bella joven que a todos había dejado sorprendidos minutos antes.
-Venga, siéntese aquí Vizconde -Dijo la condesa cuando él ya se acercaba-. ¡Me niego a perderme de su compañía mientras esté usted cerca!
-La condesa tiene demasiadas atenciones conmigo.
-¡Oh!, no diga tonterías, Vizconde. Pues como usted dice, “nunca es lo suficiente”.
El joven se ruborizó ligeramente también al tiempo que se excusaba con la bella joven quien, para su decepción, no pareció prestarle atención al comentario.
A pesar de que el joven no hablara mucho, la condesa parecía divertirse con él como si fuera el mejor bufón de la corte. Era verdad que hablaba poco, pero tenía algunos comentarios certeros que sólo compartía con la condesa, acaso porque ella le inspirara confianza; y ella a su vez los compartía con su amiga, quién también reía sonoramente.
La tarde cedió paso a la noche y algunos invitados ya se despedían mientras que los de más confianza se quedaban para compartir una velada que auguraba ser deliciosa. Fue al cabo de las horas que uno de los caballeros se animó a preguntar a la condesa:
-¿Y bien, madame? ¿Ya nos comentará a qué debemos el honor de tan exquisita fiesta? ¿O preferirá organizar otra para comentarnos después?
Algunos rieron más por compromiso que por gracia, pero la condesa lo hizo de verdad. -¡Lo siento, Lord Cavendish! La culpa la tiene el vizconde de Joudreem, que no ha parado de hacerme reír en toda la velada.
-Eso hemos notado -Contestó fríamente una de las mujeres de la mesa. Pero ya se ha ido más de la mitad de los invitados y tú no nos has prestado atención, Madeleine.
La condesa volteó a ver en todas direcciones. El ambiente se puso tenso en un instante, pero ella no esperaba que todo se arruinara por un comentario. -Bien, si me he esperado hasta ahora, es también porque sé que las personas de mi mayor confianza son las que nos acompañan en estos momentos…
"Así que aprovechando vuestra amable curiosidad, confieso que he de hacer un anuncio.
El vizconde miró de reojo a la bella joven que tenía a un lado, a quien no se había atrevido a dirigir la palabra en toda la tarde, y notó que estaba ruborizándose. La condesa se puso en pie y se aclaró la garganta. El poco barullo se desvaneció en un segundo y la atención de todos se fijaban en ella.
-Hace algunos días recibí la carta del barón de Guildeom anunciándome su visita. Como todos saben, él es un viejo amigo de mi familia. Pues bien, apenas ayer se presentó aquí para solicitar la mano de mi hija.
Hubo algunos comentarios y exclamaciones de sorpresa. El rostro de la joven adquirió el color de la ciruela y la condesa hizo una seña para pedir atención.
-Desde luego, todos están cordialmente invitados, y no aceptaré una negativa de vuestra parte.
-¿Y cuándo será la boda? -Preguntó un caballero que estaba sentado justo enfrente de la condesa.-¡Oh! Si todo sale bien, la boda se celebrará en un año… Bueno, un poco más: en un año y un día.


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