El desamor de Janalyn
Había una vez, en aquéllos fríos países del Este, un joven matrimonio que había sido la sensación del pueblo. Se creía que nadie podía ser más dichoso que ellos. No eran las personas más ricas, ni mucho menos las más ostentosas, pero vivían bien y habitaban en un pueblo próspero.
Al paso de los años sin embargo, el marido, de nombre Rajmund, comenzó a ausentare más frecuentemente de lo acostumbrado y a comportarse de una manera muy fría para con su esposa, quien se llamaba Janalyn.
Este comportamiento le pareció en extremo extraño a su esposa, quien cierto día decidió seguirlo sin que él lo notara. Tuvo que andar bastante tiempo, pues su marido iba hasta otro pueblo, gracias a lo cual aún nadie en el original le había descubierto sus infidelidades. Pero él no contaba con que sería su propia esposa la que lo seguiría.
La pobre Janalyn se regresó desconsolada al descubrir el secreto de su esposo, y no paró de andar hasta estar de nuevo en su casa, donde dio rienda suelta a su llanto. ¡Ella amaba a Rajmund! ¿Cómo él podía hacerle algo así?
Hubo muchos sentimientos encontrados en el corazón de la engañada, pero fue uno de ellos el que predominó y, al final, venció al resto: la ira.
Fue esa ira la que provocó que la mente de Janalyn preparara un plan que, en cualquier otra circunstancia, a alguien como ella jamás se le hubiera ocurrido. Aquélla ira se convirtió en una obsesión que fue consumiendo día tras día a la desdichada sin que su esposo lo notara apenas.
Y es que Janalyn recordaba el juramento de aquél día en que Rajmund y ella unieron sus vidas: y fue “hasta que la muerte los separe”.
-¡Pues bien! -se decía- Si quiere separarse de mí, solo la muerte lo puede provocar.
Quizá ustedes piensen que ella pensaba en suicidarse por despecho; pero no. Si bien es cierto que aquélla idea cruzó por su mente varias veces, la ira que la embargaba resultó más poderosa y decidió que si alguien iba a ser castigado, no sería ella.
Fue a los pocos días, justo antes de que su marido se fuera, que ella habló con él.
-Rajmund, ¿tú me amas?
Esta pregunta era una pregunta a la que su marido se había acostumbrado a escuchar relativamente seguido. Él se había supuesto que a ella le gustaba escuchar la misma respuesta. -Sí, sí, Janalyn. Ya lo sabes.
-Rajmund, ¿tú recuerdas aquél día en que nos casamos?
-Sí, Janalyn, ¿cómo olvidarlo?
-Y dime, esposo mío, ¿recuerdas también los juramentos que hicimos?
Rajmund desvió la mirada entonces, y una nueva cicatriz se marcó en el corazón de su bella esposa, pero ella no hizo muestra alguna del profundo dolor que le causaba.
-Sí, Janalyn. Los recuerdo.
-¡Oh, Rajmund! ¡Me siento tan desdichada!
-¿Desdichada, dices? ¿Qué te sucede?
-¡Tan solo pensar en que al morir uno de los dos habremos de separarnos! ¡La vida es tan corta! ¿No sería hermoso que uniéramos nuestras almas y nos amáramos por la eternidad?
Al paso de los años sin embargo, el marido, de nombre Rajmund, comenzó a ausentare más frecuentemente de lo acostumbrado y a comportarse de una manera muy fría para con su esposa, quien se llamaba Janalyn.
Este comportamiento le pareció en extremo extraño a su esposa, quien cierto día decidió seguirlo sin que él lo notara. Tuvo que andar bastante tiempo, pues su marido iba hasta otro pueblo, gracias a lo cual aún nadie en el original le había descubierto sus infidelidades. Pero él no contaba con que sería su propia esposa la que lo seguiría.
La pobre Janalyn se regresó desconsolada al descubrir el secreto de su esposo, y no paró de andar hasta estar de nuevo en su casa, donde dio rienda suelta a su llanto. ¡Ella amaba a Rajmund! ¿Cómo él podía hacerle algo así?
Hubo muchos sentimientos encontrados en el corazón de la engañada, pero fue uno de ellos el que predominó y, al final, venció al resto: la ira.
Fue esa ira la que provocó que la mente de Janalyn preparara un plan que, en cualquier otra circunstancia, a alguien como ella jamás se le hubiera ocurrido. Aquélla ira se convirtió en una obsesión que fue consumiendo día tras día a la desdichada sin que su esposo lo notara apenas.
Y es que Janalyn recordaba el juramento de aquél día en que Rajmund y ella unieron sus vidas: y fue “hasta que la muerte los separe”.
-¡Pues bien! -se decía- Si quiere separarse de mí, solo la muerte lo puede provocar.
Quizá ustedes piensen que ella pensaba en suicidarse por despecho; pero no. Si bien es cierto que aquélla idea cruzó por su mente varias veces, la ira que la embargaba resultó más poderosa y decidió que si alguien iba a ser castigado, no sería ella.
Fue a los pocos días, justo antes de que su marido se fuera, que ella habló con él.
-Rajmund, ¿tú me amas?
Esta pregunta era una pregunta a la que su marido se había acostumbrado a escuchar relativamente seguido. Él se había supuesto que a ella le gustaba escuchar la misma respuesta. -Sí, sí, Janalyn. Ya lo sabes.
-Rajmund, ¿tú recuerdas aquél día en que nos casamos?
-Sí, Janalyn, ¿cómo olvidarlo?
-Y dime, esposo mío, ¿recuerdas también los juramentos que hicimos?
Rajmund desvió la mirada entonces, y una nueva cicatriz se marcó en el corazón de su bella esposa, pero ella no hizo muestra alguna del profundo dolor que le causaba.
-Sí, Janalyn. Los recuerdo.
-¡Oh, Rajmund! ¡Me siento tan desdichada!
-¿Desdichada, dices? ¿Qué te sucede?
-¡Tan solo pensar en que al morir uno de los dos habremos de separarnos! ¡La vida es tan corta! ¿No sería hermoso que uniéramos nuestras almas y nos amáramos por la eternidad?


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