Un año y un día

Un cuento victoriano.

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Nombre: D'Arath
Ubicación: DF, Mexico

I'm a creepy modern wizard, man!

domingo, marzo 26, 2006

Es difícil describir la sonrisa de la muerte. Pero verla sonreír de aquélla forma provoca una sensación de terror tan profunda que se vuelve incomprensible hasta que se experimenta. Janalyn sintió un frío que se apoderaba lenta y espantosamente de su cuerpo; Mientras la dama del manto se acercaba ella sentía aquél frío que dicen algunos que sienten al morir, como si la vida le abandonara lentamente. Pero ya les digo que no fue ni siquiera aquél frío mortal, sino esa sonrisa la que le provocó aquél pánico tan antinatural. Verle sonreír era como ver la dicha de aquél que tortura; solo que al verle a ella, uno siente que no hay suplicio alguno comparable con verle. Que cualquier verdugo es preferible a ella. Que la muerte misma es más deseable; pero lo irónico es que era la muerte precisamente la que se mostraba con aquélla cruel, fría e impasible sonrisa.

Al final, ese terror trajo consigo a un salvador para Janalyn: el desmayo.

Despertó luego de un rato de inconciencia. Había perdido todo sentido del tiempo y por un momento no supo dónde se encontraba. Habrían pasado quizá algunas horas apenas, y el camino estaba tan oscuro y solitario como lo recordaba antes de desmayarse; la escasa luna menguante había avanzado un poco en su camino natural y un ligero olor acre se cernía en su olfato. Su marido aún continuaba ahí, con el puñal clavado sobre su espalda y la sangre ya había teñido de oscuro el camino. Se sobresaltó un poco al redescubrir lo que había hecho, pero no tanto como ella misma esperaba.
Lo que sí sentía era hambre. Justo después de la impresión de encontrarse con su esposo asesinado por ella misma, la siguiente sensación fue un rugido curioso en el estómago y un dolor en él como si no hubiera comido en días.
Intentó recordar cuándo fue la última vez que había comido, pero ya no lo recordaba; así que quizá su estómago tuviera razón en reclamarle de tal forma. Se levantó y se aproximó a los árboles más cercanos. Sabía que había algunos cerezos cerca del camino, pues no pocas veces había recogido aquéllos frutos cuando seguía a su marido. Se aproximó a un árbol y tuvo la extraña sensación de que si el árbol hubiera podido huir, lo hubiera hecho.
“Será mi imaginación” -Pensó.
Y quizá fuera así. Lo cierto es que el árbol no pudo moverse, desde luego. Tomó una cereza y la mordió.
Al principio, el sabor era normal. Pero conforme la iba masticando, el sabor se volvía más seco. Se podría decir que Janalyn sentía como la vida de la cereza se disolvía en su boca. Al cabo de masticar un poco más, sentía que estaba comiendo tierra seca. Escupió lo que quedaba de la cereza y contempló extrañada aquél fruto.
Dio otra mordida y lo mismo comenzó a suceder. Dulce al principio, pero seca y sin sabor al final, la mujer terminó escupiendo la cereza nuevamente.
Buscó entonces otra cereza, pero terminó desistiendo, y después buscó otro árbol. Pero sucedió lo mismo una y otra vez.
La desesperación comenzó a invadirla. Pensaba “¿qué me está pasando?” una y otra vez. Y cuando trató de respirar hondo para calmarse, un nuevo temor la invadió: parecía que había perdido el sentido del olfato. Podía respirar, sí. Pero al pasar el aire, no sentía olor alguno. El olor acre de la sangre de su esposo que percibió al despertar había desaparecido. El polvo del camino no olía a nada. Los árboles ya no desprendían ningún aroma, ni las flores liberaban su perfume. Su propio sudor no parecía existir para su nariz.
Pero algo bueno había sucedido también: el hambre se había mitigado. Acaso la desesperación que sentía le hizo olvidarla de nuevo.