Un año y un día

Un cuento victoriano.

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Nombre: D'Arath
Ubicación: DF, Mexico

I'm a creepy modern wizard, man!

sábado, marzo 25, 2006

Antes de poder hacer cualquier cosa, el frío metal se hundió en sus entrañas y la mirada de odio de la mujer se cimbró sobre él. Más de sorpresa que de dolor, el desdichado infiel se dobló.
De los labios de Janalyn emergió una voz que encerraba tal cantidad de odio que los mismos demonios temblaron. -¡Así amado mío! ¡Así jamás podrás serme infiel! ¡Te has atado a mí en la salud y la enfermedad! ¡En lo próspero y en lo adverso! ¡Y tu juramento no se termina cuando la muerte nos separe! ¡Siete veces has jurado que me amarás en la vida y en la muerte! ¡Y siete eternidades lo has de cumplir! ¡Y por tu infidelidad y tu traición, te condeno a no descansar jamás hasta que la muerte nos una!
Terribles fueron las palabras de Janalyn, y por cada frase que decía, una cuchillada acababa poco a poco con su marido. Y no fue sino hasta que pronunció las palabras malditas que su marido vio a la muerte acercarse a él.
Se acercaba a paso lento, envuelta en su manto de incertidumbre. Mirándole con indiferencia mientras él aún procuraba aferrarse a la vida.
Quizá piensen que aquél hombre deseaba vivir, pero no era así en realidad. Una vez que descubrió cómo la muerte caminaba con paso ceremonioso hacia él, supo que ya no había nada que pudiera hacer para evitarlo.
Sin embargo, quería aferrarse a la vida para pronunciar unas palabras. Sus últimas palabras. Unas palabras engendradas por el odio que le compartió su esposa en aquélla sorpresiva venganza.
-Muerte misericordiosa… Si su maldición me niega mi descanso… te ruego que tú la maldigas en mi nombre.
Janalyn escuchó con temor esas palabras, y clavó una última vez la daga en el corazón de su esposo. El infeliz exhaló el último aliento y la sangre cubrió de escarlata el polvo del camino.
Levantó luego la mirada, y lo que vio le aterrorizó más que ninguna de sus peores pesadillas. Frente a ella, cubierta con un manto de sombras cuyo fin no era posible definir, tornando aún más lúgubre el panorama que la rodeaba, se encontraba ella. Aquélla que conoce a todos. La más justa de las damas del Mundo. Aquélla que viene a recordarnos de vez en cuando que aunque nos desagrade, todos le conoceremos algún día.
Tenía una espantosa mirada negra. No había ojos en aquél rostro frío e imperturbable. Un rostro blanco como el más pálido de los cadáveres se vislumbraba a través de aquellas sombras espesas que parecían simular un tétrico manto. Pero no eran aquéllas sombras las que espantaban tanto, ni aquélla palidez digna de su nombre lo que le hacían lucir tan macabra.
Era su sonrisa.